CULTURANARIÑO

Legado Musical Nariñense | Un libro que necesitaba la cultura del Sur

Javier Martínez Maya, autor del libro de reciente aparición y del que se espera su lanzamiento en próximos días, dice: «Felicidad total! Sueño cumplido… Por fin en mis manos mi último libro Legado Musical Nariñense, música nariñense inédita para piano de los siglos XIX y XX. Gracias a Luis Felipe Miranda Bucheli, mi editor, por creer en este proyecto, a mi esposa Vicky Nino por su apoyo, a Jose Arteaga por su maravilloso prólogo y a todas las empresas que apoyaron este proyecto.»

Se trata de una obra de contenido y diseño extraordinario. Un verdadero homenaje a quienes hicieron y hacen música en el sur. Una oportunidad de conservar y compartir una primera parte del legado musical nariñense.
Este es el prólogo de la obra:
En una casa del barrio Santiago
Decía el profesor Jonathan Feist, editor jefe de Berklee Press, que una partitura es la forma más eficiente de comunicar una idea musical. En efecto, es mucho más fiable que la memoria, y según como se use (como hoja guía o como arreglo definitivo), permite conservar la esencia de un conjunto de sonidos.
Cuando el padre Pedro Schumacher creó en Samaniego la primera banda de músicos a comienzos de Siglo XX, las partituras para esos pioneros de la música nariñense y sus maestros alemanes, llegaron desde Bruselas, al igual que los instrumentos. Algunos de esos trabajos todavía se conservan más de cien años después.
Lo mismo ha sucedido con las partituras para misas y ceremonias religiosas, que en nuestra querida «ciudad teológica» abundaron. Las compraban los padres capuchinos, filipenses, bethlemitas, jesuitas, eudistas, maristas y salesianos en sus viajes a Quito o a Bogotá. En su mayoría eran importaciones de la afamada casa editorial alemana Alfred Coppenrath Verlag.
La edición de las mismas se fue ampliando con el tiempo, y muchas de las que se adquirían en Quito provenían de Buenos Aires. Las tiendas también abrieron una línea de venta para las mismas y así fue que a mediados de siglo apareció el Almacén Chaves en la Calle Real con 18, que las vendía a la par de los discos.
Y es que cuando eso sucedió, el sonido grabado inundó toda la escena musical de Pasto y de Nariño. Los transistores, las radiolas y los pick-ups dieron paso a los tocadiscos, y el 78 rpm al disco de 10 pulgadas, este al 45 rpm y este a su vez al long play. En el mundo de las cintas pasó igual: del carrete abierto al cartucho y del cartucho al cassette.
Parece que fue ayer, pero sobre el final del siglo surgió el CD con toda su fuerza y le quitó el protagonismo al long play. El discman sucedió al walkman y los equipos de sonido fueron transformándose paulatinamente, reduciendo su tamaño y adaptándose a espacios más pequeños.
En ese proceso de reducción apareció el mp3 como un formato de compresión digital que cambió el rumbo de la historia. Lo análogo quedó descartado y lo digital pasó a comandar el mundo de la música, cada vez con menos necesidad de espacio fisico.Así hasta llegar a nuestros días.
Por el camino han quedado discos diamante, vinilos de 16 pulgadas, discos promocionales de plástico, supersencillos. DATs, DCCs, mini-discs, laserdiscs, blu-rays, y alguno que otro experimento como los álbumes de corte directo. Es como un santuario de nuestro culto al sonido, o mejor, a los aparatos reproductores de sonido, pues las partituras han seguido su curso por otra vía.
Esa otra vía ha sido la enseñanza y en muchos casos estuvo vinculada al mundo de la grabación. Recuerdo, por ejemplo, la casa Latin Percussion, fundada por Martín Cohen en 1962 en Nueva York. Para dar difusión a sus instrumentos musicales, Cohen convocó a algunos de los mejores percusionistas de la ciudad y grabó la serie Understanding Latin Rhythms que incluía ejemplos de ritmos grabados en diferentes LPs, muestras de los instrumentos utilizados y un pequeño libro de partituras, de lo que se conoce como lead sheet.
Una buena cantidad de músicos colombianos amantes de la salsa, tuvieron en estos lead sheets una base perfecta para la ejecución y conocimiento de guaguancó, masacote, merengue, bomba, cha cha chá, mambo, bolero y son montuno, piedras angulares de la salsa. Eran los Down To Basics que sirvieron para alumbrar el camino de los pastusos que se fueron a vivir fuera.
La música de Nariño ha estado signada por los emigrantes, aquellos que bien podrían denominarse como «cerebros fugados». Nano Rodrigo, por ejemplo, fue pionero de la música latina en Nueva York. Noro Bastidas, por ejemplo, fue testigo y actor del tránsito de músicos de todas las nacionalidades por Bogotá. Edy Martinez, por ejemplo, fue parte esencial de la historia de la salsa y el jazz latino en Estados Unidos. Eduardo Maya, por ejemplo, se convirtió en embajador de Nariño en las Antillas Holandesas.
A ese grupo de emigrantes pertenecen dos personajes cruciales: Fausto Martínez Figueroa y su hijo Javier Martínez Maya. El primero fue trompetista de la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia, solista de la Sinfónica Del Valle y subdirector de la Sinfónica de Antioquia. El segundo fue guitarrista de la Orquesta Filarmónica de Bogotá, integrante de la Orquesta Sinfónica Juvenil de Colombia y violinista de la Orquesta Universitaria Olaf Roots. Ambos han hecho muchísimo más en el campo de la música popular, pero el asunto en el que me quiero detener es en su comunión como albaceas de la historia de la música de Nariño.
Don Fausto, hombre amabilísimo como el que más, vivía en la carrera 25 entre calles 13 y 14 en una de esas típicas casas republicanas de techos altos tan propios de aquel barrio de Santiago. Tenía la cara redonda, la frente amplia, vestía siempre de traje y corbata , usaba lentes opacos y se sentaba horas a tocar todo tipo de música en un piano de pared marca Hsinghai, fabricado en Beijing por una casa que hacía desde acordeones hasta trompetas.
En esa casa crió a su familia y a la par se dedicó a coleccionar fotos y documentos relacionados con la música nariñense. La labor de documentación es dispendiosa porque, como el coleccionismo, suele rayar en la acumulación y muchas veces limita con el Síndrome de Diógenes (nos pasa a todos los que tenemos pasión por conservar, lo reconozco). Pero cuando la documentación se convierte en tarea, las cosas se complican porque hay que hacer inventario, hay que numerar, hay que catalogar y dar que archivar, y a la par, hay que limpiar, hay que cuidar de la humedad y del polvo, y hay que luchar con todas las personas que te quieren para que no te desordenen las cosas y evitar que acaben en la basura.
Pero además de documentar, anotaba. Se la pasaba haciendo anotaciones y entrelazando todos esos documentos que llegaban a sus manos o transcribiendo las historias que llegaban a sus oídos. Cuando perdió la vista de uno de sus ojos a finales de los años 90, llevaba más de un millar de escritos a mano.Siguió haciéndolo, pero a través de su hija Amalia. El resultado fue una obra completísima titulada Historia de la Música en Nariño, que Arte Nova Music publicó en 2015. Don Fausto no alcanzó a ver el resultado final.
Todo esto nos permite hablar de Javier Martínez, impulsor de Arte Nova Music y cerebro de lngeson Estudios en Bogotá. El interés por documentar la historia le viene,como se ve, por herencia, sólo que al ser músico tiene un enfoque diferente del manejo de la historia. Los dos grupos musical es que ha creado en torno al sonsureño,Trigo Negro y Sol Barniz, han recogido tonadas y quisindiquindis por doquier, los han revitalizado con nuevas creaciones armónicas y han permitido que esa música ancestral siga viva y mantenga su sentido bailable, humorístico, campesino y muy muy nariñense.
Ahora, con esta obra titulada Legado Musical Nariñense Siglo XIX y XX, muestra el otro lado del asunto: partituras escritas desde hace más de cien años por compositores nariñenses hasta ahora desconocidas e inéditas. Javier se ha tomado el trabajo de transcribirlas e interpretarlas, y cuando hablamos sobre una de ellas en particular, me contó la emoción que le embargaba escuchar trabajos provenientes de otra época. «Es lindísimo, no te imaginas», me decía.
Y me hizo acordar de El Túnel del Tiempo, serie de televisión de lrwin Allen que veíamos de niños y que ha tenido múltiples variaciones a través de la historia. Sus protagonistas viajaban por diferentes épocas, pero no podían transportar nada, salvo papel. Javier ha hecho su particular viaje por El Túnel del Tiempo con una partitura a cuestas para saber como sonaban otras épocas de nuestra historia. Y así lo justifica él mismo en la introducción: «Todo el material digitalizado en este libro proviene de manuscritos originales de la época. En algunos casos, y por las inclemencias del tiempo, hubo necesidad de corregir frases o notas musicales que por fortuna seguían un patrón musical bien establecido en la composición, lo que permitió asegurar su total originalidad».
No es una tarea sencilla, ni mucho menos, por dos motivos: uno, que el tiempo es inclemente y si las cosas no se cuidan como las cuidó su padre en aquella casa del barrio Santiago, se perderán para siempre. Y dos, que la memoria es aún más inclemente. De nuestra música campesina original hay muy poco. La Guaneña ha sido fuente de debate por años debido a lo misterioso de su origen. Y esto le pasa a todas las músicas. Por eso se usa el consabido «tradición popular» para referirse a esos creadores anónimos que dejaron huella, pero no firma.
Es complicado rastrear la música nariñense y bien lo saben los historiadores que han escrito capítulos de nuestro pasado: Armando Oviedo, Arturo Chávez Benítez, Heriberto Zapata Cuencar, Ignacio Rodríguez Guerrero, Javier Vallejo Díaz, José Félix Castro, José Menandro Bastidas, Julián Bastidas Urresty, Luis Gabriel Mesa, Marcos Salas Salazar, Neftalí Benavides Rivera, Plinio Enríquez, Roberto Mora Benavides, Víctor Sánchez Montenegro, y otros con obras inéditas como Daniel Olarte o Laureano Córdoba. Y todos coinciden en que falta mucho por investigar.
Así pues, Legado Musical Nariñense busca aportar un grano de arena en esa necesidad. Un compendio que se centra en partituras de compositores nariñenses hechas para armonio y piano.
Mi bisabuelo tocó ambos en Las Lajas. El armonio con sus pedales tapizados de rojo era una preciosidad, pero el piano era maravilloso. Era un Kingston Cabinet Grand negro de 1895 hecho en nogal con dos candelabros, patas ornamentadas y pesaba una bestialidad. Los Cabinet Grand eran pianos verticales con una longitud de cuerdas mayor que las de los pianos de cola. Por eso eran tan apetecibles para grandes escenarios en regiones de difícil acceso como Nariño. Además, a pesar de su peso, eran más seguros de transportar por barco, por lancha, por camión o a lomo de mula.
Cuenta Héctor Bolaños Astorquiza en su excelente libro Pasto de Frente y de Perfi l, que el órgano de la iglesia de San Felipe salió de Paris en 1899 donado por Felipe Díaz Eraso, pero que la Guerra de los Mil Días lo detuvo en Tumaco, donde se salvó de milagro durante cuatro años, hasta que pudo ser embarcado por Barbacoas y llegar finalmente a su destino en 1903. Fue una ruta que siguieron muchos otros. Martínez dice que el primer piano que llegó a Pasto lo trajo de Alemania Rafael Mora, a cuyo comercio iban los curiosos a admirarlo.
Y es que fue pieza vital para todos estos compositores que rescata este libro. Allí se forjaron quienes construyeron nuestra historia, sembrando una práctica y una manera de entender la vida. Mi bisabuelo educó en la música a sus hijas y a los hijos de sus hijas. Fue una herencia maravillosa, de la que también se puede sentir orgulloso Javier Martínez Maya. Esos ancestros, esos hombres del ayer, esos pioneros del sonido nariñense merecen este homenaje, merecen que sus obras vuelvan a salir a la luz y queden en la memoria de estas nuevas generaciones para siempre.
Por eso este prólogo, más que un prólogo, es un gracias.
José Arteaga
Barcelona, Julio de 2020
Mostrar más

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba