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La fiesta de las brujas

Por: Julio César Carrión Castro · Universidad del Tolima

 “El monoteísmo, tanto cristiano como cientista, sigue situando el terror en esa diferencia y diversidad, que se le oponen y mira con espanto el retorno distinto de lo imprevisible en el reino de la ineluctable previsión del pasado más pavorosamente remoto que viene a enturbiar con sus efluvios emponzoñados el dogma del progreso. La raíz del pánico es que el gran Pan no ha muerto”.

F. Savater

I.  Cristianismo contra paganismo

Todo parece indicar que la creencia en las brujas y en la brujería es una supervivencia de las antiguas fiestas y ritos paganos.

Tras el triunfo del cristianismo, marginalmente, en los bosques y aldeas medievales, alrededor de los antiguos dioses derrocados, símbolos de la fuerza de la naturaleza y de las formas proscritas de la felicidad y del amor, continuarían las tradicionales ceremonias expiatorias, propiciatorias y curativas, por parte de hombres y mujeres furtivamente organizados para tal efecto. Los cultos dionisíacos, órficos y eróticos, cautivaban a los sectores populares, cotidianamente sometidos al hambre, a la enfermedad, al miedo y a la miseria.

En el alma colectiva se añoraba la alegría de Dionisos, Diana, Eros, Orfeo y otros dioses y héroes, situados por fuera de todo ordenamiento; sensibles al placer y burlones de la muerte, precisamente en los momentos en que oficiosamente la iglesia clamaba por el arrepentimiento y el temor a la muerte. Es esta confrontación la que subyace en todas las persecuciones a brujas, herejes y paganos, lo que caracteriza este período de la historia. Era entonces, y aún sigue siendo, la vieja discusión sobre el sentido de la vida y de la muerte lo que enfrentaba, en lo fundamental, dos concepciones irreconciliables sobre el hombre y su destino.

Dionisos, dios de la embriaguez y el baile, misterioso, seductor, extravagante, victorioso también sobre la muerte y “rico en alegría”, convocaba con su corte de bacantes y de sátiros a confrontar el orden establecido por la religión monoteísta y provocaba en hombres y mujeres anhelos de liberación irrefrenables. Orfeo, músico y poeta, capaz de embrujar con sus arpegios no sólo a los hombres sino a los propios dioses, rebelde que incitaba a dudar de las decisiones divinas y que enseñara acerca del extraño poder y utilidad del arte para el bienestar del hombre en este mundo. Diana, la Artemisa de los griegos, enredada con los misterios de la luna, diosa mujer de los bosques, de la fecundidad y de los partos, insumisa contra el patriarcalismo y la androcracia, atraía a las mujeres que se sentían despreciadas y subordinadas por su condición de culpables hijas de la engañosa Eva y afligidas herederas de Herodías y Salomé. Y Eros y Afrodita, sublimes dioses del amor y sus efluvios, subvertían y erosionaban la propuesta ascética, monacal y transmundana del cristianismo, y andaban rondando entre la realidad y el sueño de los atribulados siervos y villanos, con sus ofertas de amor, de salud y de alegría que, aunque clandestinas, eran actuales y reales, no ilusorias ni proyectadas para después de la muerte.

Como claramente lo expresa Josexto Beriain, “el monismo cosmológico de las religiones primitivas y arcaicas es sustituido ahora por un dualismo ontológico, que se expresa en la diferencia entre este mundo y la vida después de la muerte”. La preocupación religiosa que recalcaba la vida en este mundo, en las religiones primitivas y arcaicas, pasaría luego a subrayar la importancia de la vida en otro mundo, la cual podría ser infinitamente mejor, o peor, bajo ciertas circunstancias con la aparición de varias nociones y concepciones acerca del cielo y el infierno. Entonces el objetivo fundamental para la religión pasó a ser la transmundana salvación del alma. Así, las antiguas religiones, que sólo eran ritualizaciones de la vida cotidiana que no pretendían descubrir o imponer nada nuevo serían sistemáticamente perseguidas, ahora en nombre de un supuesto “progreso” indefinido, en busca de la salvación y llenando el calendario de fiestas cíclicas que son reactualizaciones del tiempo luminoso del pasado, en donde lo que en algún momento fue un acontecimiento histórico se repetirá constantemente, como queriendo atrapar ese pasado con nostalgia: el paraíso perdido.

El remordimiento, la añoranza, la nostalgia del pasado y, a la vez, la esperanza en un mundo mejor, entraron a sustituir la fiesta, la alegría, la afirmación del presente por el presente mismo, donde todo acontecimiento era distinto; donde la vida se superaba a sí misma cotidianamente, donde el vivir no transcurría como una tediosa repetición, como una pesada carga, o como un lánguido tránsito por un valle de lágrimas, sino que afirmaba la fugacidad lúdica de la existencia

Federico Nietzsche señaló: “Cuando cada árbol sabe hablar como una ninfa o un dios, cuando se puede seducir a una virgen disfrazado en la piel de un animal, cuando una multitud puede ver la diosa Atenea acompañando a Pisístrato, en una hermosa carroza por la plaza de Atenas –y así lo creía el honrado ateniense– entonces, todo es posible en cualquier momento y la naturaleza entera pulula alrededor del hombre como si solo fuese la máscara de los dioses que se divierten en engañar al hombre con toda clase de disfraces”.

Es decir, se trataba de una vida -la de los griegos dionisíacos, la de los paganos pueblos primitivos- que se justificaba por la vida misma como fenómeno estético: Un pueblo que convivía con sus dioses, que los invocaba con tranquilidad en su pasar diario y podía llegar a la ilusión de confundirse con ellos en sus delirios orgiásticos, un pueblo así tenía que vivir en un estado de permanente y tranquilo, sereno encantamiento.

Las antiguas formas religiosas de este paganismo vitalista seguirían teniendo su vigencia, pero el mundo antiguo, que había poblado todos los rincones aldeanos de deleites, de maravillas, de leyendas y de encantamientos; de silfos, sátiros, ninfas, duendes, hadas y doncellas hechizadas, sería empujado por el cristianismo más allá de las Puertas caspiacas; sus viejos dominios, parajes y lugares repoblados por feroces manadas de oscuros y malignos demonios, muchos de éstos mutaciones degenerativas y transfiguraciones de los primitivos dioses, pero ahora producidos por un imaginario colectivo ya cristianizado.

Y los bosques se fueron poblando de los hijos de la noche y sus adeptos y la noche fue culpada de albergar los subversivos. Muchas costumbres y fiestas paganas se asimilaron a la liturgia y al calendario religioso y las que no fueron proscritas e intensamente perseguidas tanto por la religión apostólica y romana como por los seguidores de la Reforma.

Las formas poéticas de seducción empleadas por los dioses de la antigüedad, como por ejemplo toda la creatividad desplegada por los olímpicos para conquistar a las mortales mediante atrevidos e ingeniosos disfraces serían sustituidas por el cristianismo al convertir el sexo en pecado, en asunto de posesión diabólica. Entonces íncubos y súcubos deformes reemplazarían a los hermosos dioses en la búsqueda del goce y la alegría, refugiándose en la oscuridad de la noche para poder realizar sus apetitos.

Parece ser que en la Europa Occidental la creencia en la existencia de sectas de adoradores del demonio se remonta al siglo XI, aunque los testimonios demuestran que junto a la religión cristiana se expresaban algunos cultos paralelos practicados por amplios sectores de la comunidad, los cuales pueden ser rastreados hasta los tiempos pre-cristianos. Se trataría en especial de rituales y cultos diánicos (es decir de la diosa Diana y/o el dios Diano-Jano) similares a muchos otros de la antigüedad. Margaret Murray, investigadora de este fenómeno afirma que “las fechas de sus principales fiestas denotan que esta religión pertenecía a una raza que no había alcanzado el estado agrícola, y los testimonios demuestran que varias modificaciones fueron introducidas en aquella, probablemente por pueblos invasores que pretendían implantar sus propias creencias”.

Los ritos de estas religiones paganas eran variados, pero en términos generales buscaban que las fuerzas de la naturaleza les fuesen propicias. Existían ceremonias alrededor del sexo porque la fertilidad era una de sus más acuciantes necesidades y pretendían acercarse mágicamente a los secretos de la abundancia.

Muchas ceremonias y rituales fueron incorporados a los más primitivos, modificándolos en algunos aspectos, pero conservando en todo caso su original jovialidad y animación: Se trataba de una religión alegre, y, como tal, debió de parecer totalmente incomprensible para los sombríos inquisidores y reformadores que la suprimieron.

Ha dicho Francoise Laplantine: “Entre lo psíquico, lo cultural y lo económico hay una complementariedad de implicación mutua absolutamente indisoluble”. Por ello tenemos que entender que factores endógenos y exógenos al modo de producción feudal y a las estructuras ideológicas que lo sustentaban, así como la conservación de formas más antiguas en lo político, lo comunitario y lo comunicacional, se conjugan tanto en la expresión del fenómeno de la brujería como en el propio quehacer de sus hostigadores. Dicho de otra forma, existe una constante antropológica: detrás de todas las grandes empresas de la historia que se han asignado la tarea de dislocar y destruir las mitologías ambientes, existen unas nuevas o diferentes mitologías que se consideran superiores, el proceso de la desacralización es también el instrumento mismo de la resacralización.

La sociedad feudal, rigurosamente estratificada, no admitía acercamiento ni modificaciones en sus relaciones sociales y el “orden establecido” era legitimado por una ideología religiosa que buscaba estabilizar un modo de producción centrado en la posesión de la tierra y en unas relaciones de servidumbre que confundían los rebaños con los hombres atados a la gleba. En pos de una mítica unidad ecuménica, las jerarquías eclesiásticas emprenderían las cruzadas, las misiones evangélicas, las guerras de religión y en general las persecuciones a todo tipo de heterodoxias, de apostasías y de herejías, con el propósito de impedir tanto las insurrecciones campesinas como los movimientos de religiones alternativas o de aquellos que pugnaban por el retorno de la iglesia a los perdidos ideales de las comunidades cristianas primitivas y a la pobreza evangélica.

Todo ello sumado a las calamidades cotidianas, como la ignorancia, el hambre, la miseria y la peste, llevarían a la iglesia a la invención de la brujería como expresión de pactos satánicos y todos los rebeldes heréticos, los judíos, valdenses, husitas, fraticellis, templarios y más tarde los reformadores, serían sistemáticamente acusados y perseguidos por practicar la brujería. El propósito era dominar por el miedo. Entonces patíbulos, hogueras e instrumentos de tortura se alzarían por toda Europa Occidental, extendiendo luego su tétrica teatralidad hacia el territorio americano con el propósito pedagógico de impresionar e impedir la difusión de prácticas tan perturbadoras.

Como lo denunciara Voltaire en su época, la Inquisición encarcelaba a cualquiera por la simple denuncia de las personas más infames; el hijo podía denunciar al padre, la mujer al marido, sin confrontarlos nunca con los acusadores; los bienes se confiscaban en provecho de los jueces; por lo menos así se ha portado la Inquisición hasta nuestros días. Y debe encarar algo divino, porque es incomprensible que los hombres hayan sufrido pacientemente yugo tan cruel.

Las persecuciones inquisitoriales, junto a las situaciones epocales ya enumeradas, como la miseria, el hambre, la ignorancia, y la existencia de una desbordada imaginación colectiva, resultado de la desdicha y de la frustración, darían un cierto aspecto de verosimilitud a la invención de los pactos diabólicos. La ortodoxia no sólo habría de elaborar el catálogo de las herejías sino un profuso inventario de los crímenes atribuidos a las brujas, tales como maleficios, posesiones, estar al servicio de Satanás, escupir, pisar y maldecir los símbolos sagrados, practicar orgías, diezmar los rebaños, volver estériles los campos, el sacrificio de niños, desatar tormentas, provocar la expansión de epidemias o pestes y en general modificar el destino de los hombres.

II.  El Martillo de Brujas (Malleus Maleficarum)

La lucha contra la brujería se comienza a efectuar de manera regular desde el siglo XV, en especial a partir de la promulgación de la Bula Summis desiderantis affectibus, del Papa Inocencio VIII, el 5 de diciembre del año de 1484. La cacería de brujas, su tortura, linchamiento y/o ejecución, se legitimó entonces. La recién inventada imprenta (atribuida a Gutemberg – 1440) y la instauración en toda Europa (salvo Inglaterra) de los tribunales de la Inquisición, favorecerían la aparición de textos y manuales especializados en explicar en qué consistía el delito de la brujería, establecer las formas de interrogatorio y el tipo de penas y castigos a que debían ser sometidos los inculpados. El más conocido de estos textos es quizás El Martillo de Brujas (Malleus Maleficarum), escrito en 1486 por los inquisidores Henry Intitoris y Jacques Sprenger, dominicos, profesores universitarios de teología en Colonia. Este libro tuvo una gran difusión en todo el mundo católico hasta bien entrado el siglo XVII.

Los rumores o las simples sospechas constituían en estos mundillos aldeanos motivo suficiente para poner en marcha la terrible maquinaria de la Inquisición. Bastaba que se acusara a cualquier hombre o mujer de haber participado en las asambleas o reuniones denominadas Sabbat (término cuya etimología proviene, según Margaret Murray, de la expresión S´ebattre que significa “retozar, loquear, divertirse”) para que se iniciara el juicio.

Quien fuese acusado de participar en dichas celebraciones o aquelarres podría contar muy seguramente con la muerte (La palabra aquelarre hace referencia al lugar desierto, cercano a la aldea y textualmente quiere decir “prado del chivo o del cabrón”) ya que los imaginarios populares establecían que en dichas reuniones el propio Satanás hacia presencia adoptando la forma de un gran macho cabrío. No hay que perder de vista la semejanza que guarda esta imagen con la de Pan, el Dios universal de la naturaleza, en la antigua mitología griega.

Los ritos paganos de fertilidad de qué hablamos (Sabbat) se efectuaban principalmente en torno a cuatro grandes fechas: la noche del 30 de abril (Rood day en Britania o Walpurgis en Alemania), la noche del 31 de Octubre (Noche el Allhollow Eve o Víspera de Todos los Santos), en invierno la Candelaria (hacia el 21 de febrero) y en verano la Gules of August (el primero de agosto) e indican, según Murray, el uso de un calendario que se reconoce generalmente como preagrícola y anterior a la división solsticial del año. El cristianismo cambiaría los nombres y el sentido de estas fiestas, que se iniciaban hacia media noche y concluían al amanecer. En todo caso podemos apreciar la pervivencia de estas religiones primitivas mediante el acomodamiento de sus prácticas y rituales a las nuevas expresiones impuestas por la religión cristiana.

Los juicios que se seguían a las brujas podían iniciarse a partir de denuncias anónimas, no se trataba, entonces de demostrar la culpabilidad por parte de los jueces sino de que los acusados demostraran su inocencia. Los inculpados debían sufrir las torturas con las cuales se pretendía arrancar la verdad. En especial las brujas debían soportar la ordalía del agua o juicio de Dios, que era considerada infalible; consistía en sumergir a la pretendida bruja en las aguas de un río, de un mar o de un canal, habitualmente lastrada con una pesada piedra. Si flotaba se consideraba que el diablo no quería hacer morir a una de sus adoradoras. Quedaba así “demostrado” el pacto y de inmediato se procedía a la ejecución; si se hundía era considerada, por supuesto, inocente.

III.  El trasfondo misógino en la persecución a las brujas

Las ejecuciones, muchas veces masivas, constituían también, de alguna manera, fiestas de purificación por el fuego. La Edad Media fue copiosa en hogueras levantadas para la preservación y defensa de las religiones verdaderas. Quizá uno de los casos más notorios que registra la historia de estas infamias fue el de Juana de Arco, quien con apenas 18 años 1412 – 1431 fue acusada de herejía y brujería. A pesar de su gran osadía de género y de su compromiso patriótico a favor de los sectores populares, sería condenada a morir en la hoguera principalmente por ser mujer, porque con sus acciones establecería un reto inaceptable por las jerarquías que veían en la valentía y en la santidad de la Doncella de Orleáns el mayor peligro para la estabilidad del patriarcalismo y en general de toda la estructura de un poder androcéntrico.

La ideología religiosa establecía el desprecio por las tentaciones que imponían los enemigos del alma, el mundo, el demonio y la carne, y en el inconsciente colectivo se establecía que las tentaciones de la carne tenían como responsable a la mujer, por lo cual las persecuciones la tuvieron como objetivo principal: Su fisiología era mal conocida por los médicos, y los teólogos veían en ella un ser inconstante al que había de vigilar. Desde el punto de vista jurídico, pasaba de la tutela del padre a la del marido y no adquiría una cierta autonomía hasta la viudedad, aunque su situación entonces estaba bastante degradada. Michelet vio en esta exclusión social la causa de una cierta necesidad de revancha que la viuda intentó satisfacer con la brujería.

Pero según el mismo Michelet las arriesgadas brujas no eran seres malignos e infernales sino todo lo contrario. La bruja “le prestó aliento popular” a los orígenes de la ciencia y la medicina; conocedoras herbolarias y propensas a la solidaridad, no aceptaron la resignación al dolor y al sufrimiento y ofrecieron a las pobres medicinas, alternativas a las inútiles plegarias, al agua bendita, a los rezos y a los mismos médicos judíos y árabes, que sólo estaban al alcance de los nobles, del alto clero y de la naciente burguesía. Audazmente supieron hallar y emplear las plantas curativas y muchos otros remedios populares (hoy olvidados por la dictadura de una medicina positivista y deshumanizada) para emplear en una sociedad medieval atenazada por el hambre, la peste y la locura. Ese fue el crimen que debieron pagar con la tortura, las ordalías y la hoguera.

Como lo expresa Jean Michel Sallmann, “la brujería sirvió como válvula de escape a una imaginería fantástica que los europeos proyectaban en mundos desconocidos para ellos. En el siglo XVI, el lector todavía podía soñar con el Libro de Las Maravillas de Marco Polo o con los Viajes de Jean de Mandeville. Con el descubrimiento del Nuevo Mundo el horizonte se estrechó y el exotismo cambió de naturaleza. La brujería tomó entonces el relevo de esa parte de maravilla que el conocimiento objetivo, situaba cada vez más lejos”.

Todo esto se produjo por el establecimiento de la todopoderosa razón instrumental, que buscaría desterrar el carnaval, la imaginación y los sueños, a favor del pretendido objetivismo y utilitarismo que maneja la visión cientista y pragmática.

Todas las ingeniosas formas de tortura y muerte aplicadas a herejes, apóstatas y renegados, junto con las leyendas de esas misteriosas mujeres que vuelan en las noches montadas en escobas y que logran transformarse en animales para asaltar hogares y devorar niños serían trasladadas, con la conquista y la colonia, al territorio americano, para infortunio de hechiceros, curanderos, herbolarios y chamanes, abriéndose así un nuevo capítulo en la historia universal del horror.

IV.  Colonización, evangelización y brujería

El proceso de evangelización iniciado en el recién descubierto Nuevo Mundo impuso una tenaz persecución a la riqueza mitológica y cultural de los pueblos vencidos; se anatematizaron costumbres y se regularizaron los comportamientos de acuerdo con el modelo escolástico y tomista establecido por los teólogos españoles y los principios del Concilio de Trento, contenidos en textos y manuales elaborados para guiar el quehacer de los oscuros doctrineros, como el archiconocido Catecismo de la Doctrina Cristiana del padre Gaspar Astete que desde el siglo XVI estuvo destinado a apoyar la evangelización y a fijar reglas sobre la conducta pública y privada de todos los súbditos de la Corona.

Los pueblos negros e indígenas, opacados, silenciados y suplantados desde la conquista, habrían de expresar también de alguna manera su enorme bagaje espiritual mediante fórmulas astutas de sobrevivencia cultural, como la santería, el Candomblé, el culto Vudú y, en general, el ladinismo, que les permitía, mediante el más variado sincretismo, desviar los iniciales propósitos de imposición cultural, logrando así preservar muchas costumbres, hábitos y tradiciones de sus comunidades originales. El disfraz y la simulación fue el recurso que tuvieron las mentalidades populares para mantenerse vigentes; por ello en toda Nuestra América Mestiza es fácil encontrar santos fiesteros y parranderos, misas bailadas y múltiples expresiones de santerías y milagrerías; por ello existe esa riqueza ancestral que nutre los imaginarios colectivos y el incomparable folklore de estas tierras.

El espíritu indomable de estos pueblos subyugados se expresaría entonces en rituales, cantos, danzas y oraciones, y al compás de notas musicales festivas y tristonas, de cuentos y leyendas procedentes de atávicas culturas africanas o indígenas que en virtud de sentimientos de identidad comunitaria reproducirían constantemente en las retiradas aldeas de las reducciones, en las encomiendas, en las galeras y dormitorios de las haciendas esclavistas y en los escondidos palenques de los negros cimarrones. Desde allí, como un encantado rumor de penas y alegrías, se extendería una algarabía que llenaría de pavor a los colonizadores, quienes, aterrados, verían como éstas comarcas se poblaban, también, de brujas y demonios que les acechaban, con la odiada alegría de los Sabatt y de otros aquelarres redivivos.

Los cultos y creencias de los pueblos vencidos se fusionaron con el dominante rito católico, lográndose así, por ejemplo, una especie de transferencia sincrética entre el panteón africano y la hagiografía católica. Los pueblos indígenas sobrevivientes, despojados de sus propias culturas, mantienen, sin embargo, no sólo muchas de sus cosmovisiones, sino incluso fragmentos de una sabiduría precolombina expresada en prácticas de medicina chamánica; en los carnavales y festejos populares, en las formas comunitarias y participativas de convivencia social y en esa especie de culto ecológico hacia una naturaleza que se niegan a desencantar.

La posibilidad emancipadora y subversiva que encierra la supervivencia de las costumbres y los ritos de los pueblos sometidos ofende a la visión monológica de la llamada civilización occidental y cristiana, porque esta formación cultural autoritaria, uniformante y homogeneizadora nunca respetó las diferencias, ni en la propuesta de la tradición cristiana ni en la visión modernizante, cientista e ilustrada.

El temor que circunda a los desesperados profetas del progreso sostenido en el racionalismo instrumental, el positivismo y, hoy por hoy, en el más pedestre pragmatismo, es que se dé la posibilidad real de una alianza estratégica entre los plurales conocimientos marginados y opacados y entre las variadas utopías que representan, logrando que el gran Pan y su mediterránea corte de sátiros y ninfas, que como lo asevera Savater a todas luces no ha muerto, los rebeldes orichas –Changó, Eleggúa, Babalú, Yemayá– de clara genealogía yoruba y africana y nuestros amerindios Quetzalcóatl, Bochica, Chía, Yuruparí, Viracocha, Pachacamac y las demás deidades que los sectores populares -descendientes de aquellos pueblos vencidos- se niegan a excluir de sus fecundas mentalidades colectivas, siguen señalando con su heterodoxia y rebeldía, otras opciones al devenir espiritual del hombre que, acorralado hoy como en una nueva Edad Media, reclama de otras brujas y demonios que le permitan recobrar la lucidez y la alegría.

A manera de conclusión podemos establecer que la simplificación de las diferencias sociales y la polarización de la lucha de clases que previera Karl Marx, esencialmente entre burgueses y proletarios, como resultado del incesante desarrollo de los medios e instrumentos de producción, por la imposición de nuevas relaciones sociales y, en general, por la mundialización del modo de producción capitalista así como la desaparición de las viejas formas de pensamiento, tradiciones y costumbres que supuestamente serían arrolladas por la imparable maquinaria de la civilización y del “progreso”, hoy, luego de más de quinientos años de práctica persecutoria, de colonialismo, de la más persistente depredación sobre los pueblos vencidos, de extensión y dominio de la llamada “modernidad” y cuando todavía la humanidad soporta las inclemencias de un capitalismo tardío que pretende aún la globalización del mercado y la homogeneidad cultural, podemos afirmar que los conocimientos subyugados, los saberes alternativos, las mentalidades mágicas y las viejas utopías han logrado sobrevivir gracias a múltiples formas de rebeldía y de abierta oposición o mediante astutos recursos de sincretismo, mestizaje e hibridaciones culturales, como lo hemos venido señalando.

En todo caso, las ideas surgidas de los imaginarios populares, sencillas, poco elaboradas y con la impronta del no reconocimiento cientifista, continúan circulando en nuestras sociedades. Estas representaciones colectivas, contradictorias y confusas, pero nacidas y fomentadas en la entraña popular, aún persisten e incluso pareciera que muestran una enorme vitalidad y resistencia al cambio. Además de las llamadas clases fundamentales (es decir, burgueses y proletarios), dentro de las variadas formaciones, económico-sociales del capitalismo perviven otros grupos y sectores que también expresan sus múltiples intereses, puntos de vista e ideologías, formando un mosaico de expresiones que establecen la pluralidad de la sensibilidad comunitaria y la más confusa mezcolanza de opiniones que en última instancia entran a constituir la materia prima de los estudios, análisis e historia de las mentalidades colectivas.

Las diversas actitudes y expresiones populares, las formas de lenguaje, los gestos, las costumbres, los comportamientos, los ritos, por supuesto las fiestas, las canciones; los miedos, la esperanza, los sueños y las ilusiones, en fin, las estructuras de la vida cotidiana y el clima espiritual y emocional de una época, constituyen la memoria colectiva; aquella historia de silencios que se teje a partir de fuentes anónimas y masivas, aquellas manifestaciones de resistencias, de réplicas, de rectificaciones, de innovaciones, de originalidad y de creatividad que, desde la espontaneidad de las representaciones colectivas -la demonología y la brujería no son más que ejemplos- se entrelazan en desafío a las ideas y a las ideologías oficiales, establecidas y normatizadas.

Con el ocaso de la modernidad y la irrupción de la llamada postmodernidad, como lo señala Gianni Vátimo, “desaparecida la idea de una racionalidad central de la historia, el mundo de la comunicación generalizada estalla como una multiplicidad de racionalidades ‘locales’ –minorías éticas, sexuales, religiosas, culturales y estéticas (como los Punk, por ejemplo) – que toman la palabra y dejan de ser finalmente acallados y reprimidos por la idea de que sólo existe una forma de humanidad verdadera digna de realizarse, con menoscabo de todas las peculiaridades, de todas las individualidades limitadas, efímeras, contingentes”.

Hoy, cuando vivimos la tragedia del progreso, cuando la oscura dialéctica del desarrollo –como lo denunciaran Adorno y Horkheimer– nos enseña la más terrible paradoja del crecimiento del mundo de las cosas, en detrimento del mundo de la vida; cuando las posibilidades abiertas por la Ilustración y la modernidad se han trocado en nuevas formas de barbarie y alienación, bien vale la pena revisar las actitudes que tenemos ante los paradigmas deshumanizantes que han guiado a la civilización occidental y cristiana durante todo el milenio que concluyó. Intentar comprender las razones y las sinrazones del pensamiento salvaje, de las representaciones colectivas, y las raíces paganas de la fiesta y la alegría, entender que tras todo conocimiento reputado como marginal o primitivo se esconde una larga tradición de experiencias y saberes irrespetados y sueños maltratados que bien podrían indicarnos nuevas alternativas para la humanidad.

El rescate de esas culturas marginales, indígenas, tradicionales, populares, constituye un elemento clave para la revisión de la gran cantidad de mentiras pragmáticas y convencionales sobre las que se ha edificado nuestra civilización. Ese absurdo acumulado de ciencia y tecnología, la competitividad, rendimiento y rentabilidad que atentan contra la integridad y la dignidad humanas.

Federico Nietzsche nos recomendó que para preservar la integridad y la jovialidad entendiéramos de nuevo el tiempo y vida como algo frágil, flotante, ligero y danzarín, que vale la pena continuar soñando, a sabiendas de que estamos soñando, que la vida es bruja y serpiente y que se debe afirmar desde la fiesta, el placer y el sufrimiento. Decía: “El placer es más profundo que el sufrimiento, El dolor dice ¡Pasa! Mas todo placer quiere eternidad, Quiere profunda, profunda eternidad”.

Bibliografía de referencia

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–  ELIADE, Mircea. Mito y Realidad. Editorial labor. Barcelona, 1983.

–  GOMEZ VALDERRAMA, Pedro. Muestras del Diablo. Editorial Altamir _ Colcultura. Bogotá, 1993.

–  LAPLANTINE, Francois. Mesianismo, Posesión y Utopía: Las Tres Voces de la ImaginaciónColectiva. Editorial Gedisa. Barcelona, 1977.

–  MICHELET, Jules. La bruja (Historia del Satanismo y la Brujería). Editorial Dédalo. Buenos Aires, 1989.

–  MURRAY, Margaret. El Culto de la Brujería en la Europa Occidental. Editorial Labor. Barcelona, 1978.

–  NIETZSCHE, Federico. Aurora. Editorial Bedout, Bogotá, 1978.

–  Así habló Zaratustra. Alianza Editorial. Madrid, 1984.

–  El nacimiento de la tragedia. Alianza Editorial. Madrid, 1984.

–  La Genealogía de la moral. Alianza Editorial. Madrid, 1984.

–  SALLMANN, Jean – Michel. Las Brujas amantes de Satán. Editorial Aguilar. Madrid, 1991.

–  VOLTAIRE. Diccionario filosófico (3 tomos). Editorial Araujo. Buenos Aires, Argentina, 1944.

–  VATTIMO, Gianni y otros. En torno a la posmodernidad. Editorial Anthropos. Barcelona, 1994.

Tomado con autorización del autor de: Edición 706 – Semana del 31 de octubre al 6 de noviembre de 2020. semanariovirtual@viva.org.co Viva.org.co

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