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Humanizar la migración

Los movimientos migratorios han sido un fenómeno social constante en toda la historia de la humanidad, originados por distintas situaciones y éstos han influenciado directamente en el desarrollo y la evolución de las sociedades (Hernández, 2015); uno de los fenómenos migratorios más recientes en Latinoamérica, ha sido la migración venezolana y dentro de este marco, Colombia es el país que más migrantes venezolanos alberga en su territorio (Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento, 2018).
Según el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento, tan sólo para el año 2018 “Aproximadamente 1.235.593 personas con intención de permanencia ingresaron a Colombia desde Venezuela, incluyendo colombianos retornados y migrantes regulares e irregulares, además de un número importante de migrantes pendulares y en tránsito hacia otros países” (2018).
Esta situación se suma a un sin número de complejidades sociales internas del país como lo es el conflicto armado que ha cobrado más de 220.000 vidas, lo cual ha configurado el enfrentamiento del país a retos impensables que pueden ser exacerbados con la migración venezolana (Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento, 2018).
Paradójicamente  y en gran parte, la situación que históricamente han vivido los colombianos ha contribuido a la aparición de distintas fronteras simbólicas causando división entre venezolanos y colombianos, suscitándose situaciones de exclusión social, marginalidad y xenofobia, ya que se empieza a generar la creencia social que la migración es un “problema”, estigmatizando negativamente a los migrantes quienes no pueden ser vistos de otra manera, porque desde la mirada de quien migra, la migración puede representar su única esperanza de luchar por un presente y un futuro mejor (Román, 2005).
Se habla que es una paradoja puesto que históricamente Colombia ha sido reconocida por ser un país expulsor de migrantes y, por lo tanto, ha experimentado los efectos emocionales y físicos que puede causar un fenómeno migratorio. Esto no significa que nunca haya sido receptor, puesto que en la historia se afirma que Colombia recibió a un sin número de migrantes provenientes de muchos países del mundo.
Dicho esto, el fenómeno migratorio venezolano puede analizarse desde distintos puntos de vista como el racismo económico, los estereotipos, el choque cultural, la discriminación positiva o como un problema social, empero, estas visiones solamente se centran en ver la migración como un foco de problemas, lo cual no es más que un reflejo que la sociedad actual se sigue quedando enfrascada en sí misma, percibiendo la migración desde una visión narcisista y cada vez más hegemónica (Román, 2005). Teniendo en cuenta esta interpretación, todas las prácticas frente a la población migrante, estarán relacionadas con el repudio y el rechazo, ayudando aún más a la ruptura del tejido social.
En clave de lo anterior, es imprescindible tener en cuenta que para la población migrante, la migración es un fenómeno que transforma radicalmente sus proyectos de vida y sus espacios protectores en su lugar de origen; si bien es cierto, aunque no todos los migrantes llegan a un país receptor con la actitud de respeto, son muchos los que ven en la migración una oportunidad para sobrevivir y sobrellevar su situación actual y de esta manera, no dejar morir sus sueños. Por ello es importante que las sociedades empiecen a humanizar la migración y darse la oportunidad de ver y entender realmente la historia que hay detrás de un desplazamiento forzado, sea interno o externo. Lo importante es partir del hecho que todos somos seres humanos sin importar nacionalidad y por ende gozamos de unos derechos fundamentales como tener una vida libre e igual en dignidad y derechos (Declaración Universal de los Derechos Humanos).
Daniela Córdoba 
Comunicadora Social – Especialista en Gerencia de proyectos
Magíster(c) en Pedagogía Social
Investigadora del fenómeno migratorio venezolano
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