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LECTURA · El grito de Córdoba

Julio César Carrión Castro. Universidad del Tolima

En este extraordinario escrito del investigador y escritor tolimense Julio César Carrión Castro, se encuentran títulos como:

Juventud divino tesoro…

El grito de Córdoba aún se escucha. «También América Latina tiene sus espectros que la recorren periódicamente. Uno de ellos es la autonomía universitaria.» Gerardo Molina

La autonomía universitaria

8 de junio: Día del Estudiante. «La Universidad es el reflejo de la sociedad y la simulación universitaria, es el reflejo de la simulación reinante en la sociedad.» Rafael Gutiérrez Girardot

Anexo

La Juventud argentina de Córdoba a los hombres libres de Sudamérica. [Manifiesto de Córdoba] 21 de junio de 1918

El grito de Córdoba. Julio César Carrión

Publicado en Caja de Herramientas de Viva la Ciudadanía

El grito de Córdoba

Juventud divino tesoro…

En el año de 1918 en Córdoba -Argentina- se realizó el primer movimiento estudiantil por la reforma universitaria que les llevó a la declaración de una serie de principios contenidos en el Manifiesto denominado, La juventud argentina de Córdoba a los hombres libres de Sud América, en el cual protestan porque «las universidades han sido hasta aquí el refugio secular de los mediocres» y además porque estaban -y aún siguen estando- sometidas a la anacrónica vigencia de un sistema educativo heredado de la colonia, que las convierte en fortines burocráticos y clientelistas, y que hace de la simulación fundamento pedagógico para que reine «la plácida ignorancia».

Con criterios éticos, autenticidad y proyección histórica, esta juventud reclamaría el derecho a que las instituciones de educación superior se diesen su propio gobierno, para «arrancar de raíz en el organismo universitario el arcaico y bárbaro concepto de autoridad que en estas casas de estudio es un baluarte de absurda tiranía y sólo sirve para proteger criminalmente a la falsa dignidad y la falsa competencia». Esa protesta se extendería hacia todas las latitudes de la América Latina, buscando liberar la educación del lastre del tradicionalismo a ultranza, garantizar la autonomía universitaria y hacer de la defensa de la escuela pública un estandarte de las luchas populares.

En Colombia las primeras jornadas estudiantiles por la reforma universitaria se presentan en la década de los años veinte del pasado siglo. En 1928, precisamente en la ciudad de Ibagué, se reúne el III Congreso Nacional de Estudiantes que discutió temas como la autonomía, la libertad de cátedra, el acceso de las mujeres a la educación superior, la abolición de los textos confesionales y dogmáticos y estableció un programa pluralista para las futuras confrontaciones, «más allá de las aspiraciones de los partidos políticos».

Aunque obviamente las demandas del Manifiesto de Córdoba y de las demás luchas estudiantiles latinoamericanas no se han realizado, el espíritu rebelde de la juventud no languidece y periódicamente expresa la vitalidad de sus exigencias y reclamos. El espectro de esa rebeldía juvenil renace en cada nueva generación. Memorables fueron las jornadas realizadas durante todo el siglo XX por las juventudes universitarias, en favor de la democracia y por la libertad. La sangre de sus héroes, muchas veces anónimos, infiltra toda la reciente historia. Tal vez porque, como lo expresara el Manifiesto de Córdoba: «La juventud vive siempre en trance de heroísmo. Es desinteresada y pura. No ha tenido aún tiempo de contaminarse». Pero…vendrán nuevos tiempos en los que los sueños, los intereses emancipatorios y las utopías juveniles, pueden verse atrapados por la alienación, por la politiquería, por el oportunismo, por los intereses consumistas y en general, por esa angustiosa sensación de «no futuro» que todo lo corroe.

J.C.C.

El grito de Córdoba aún se escucha

También América Latina tiene sus espectros que la recorren periódicamente. Uno de ellos es la autonomía universitaria. 

Gerardo Molina

Hace 99 años, el 21 de junio de 1918, se publicó el Manifiesto de Córdoba, primera expresión seria y reconocida del movimiento universitario latinoamericano durante el siglo xx. Declaración de principios de la juventud argentina de Córdoba que contenía una protesta contra “la miseria moral, la simulación y el engaño artero que pretendía filtrarse con la apariencia de la legalidad”, en un mundo académico que, por iniciativa estudiantil, pugnaba por superar las viejas trabas heredadas de la colonia, sostenidas anacrónicamente por unas clases dirigentes decadentes, sumidas en “un fariseísmo tradicional y en una pavorosa indigencia de ideales”.

Con inusitada fortaleza y proyección histórica, la juventud universitaria de Córdoba exige la autonomía como principal elemento del quehacer universitario; “reclama un gobierno estrictamente democrático y sostiene que el demos universitario, la soberanía, el derecho de darse el gobierno propio radica principalmente en los estudiantes”. Confrontaban así los criterios de autoridad impuestos desde fuera por unos gobernantes desprestigiados y hasta iletrados, que habían convertido las instituciones académicas en fortines burocráticos y clientelistas; “arcaico y bárbaro concepto de autoridad que convertía estas casas de estudio en un baluarte de absurda tiranía que sólo sirve para proteger criminalmente la falsa dignidad y la falsa competencia”. Sistema de autoridad caracterizado por lograr que las funciones públicas se ejercitaran en beneficio de las camarillas establecidas, que fijó un régimen administrativo sometido a los más obscuros intereses politiqueros, llegando a considerar la mediocridad docente, la exclusión cultural y las rutinas académicas de carácter retórico, confesional y acientífico, como el más esclarecido proyecto educativo, dada la imagen de tranquilidad y de sosiego que la “plácida ignorancia” difundía en un medio social aletargado.

La irrupción de una alborozada y rebelde juventud que exigía reformas a tan precario sistema educativo causó, además de asombro, indignación entre las clases dirigentes y la “cuadrilla” seudointelectual encargada de guardar el “orden” al interior de las universidades. Los estudiantes fueron acusados de insurrectos (hoy se les llamaría vandálicos, subversivos o terroristas) por una “autoridad universitaria, tiránica y obcecada, que veía en cada petición un agravio y en cada pensamiento una semilla de rebelión”. Entonces, carentes de propuestas para la solución negociada del conflicto y, temiendo que el diálogo les ocasionara un mayor deterioro de su imagen pública, las autoridades gubernamentales y universitarias, decidieron el cierre de la universidad y la detención de los dirigentes del movimiento, señalados como “minorías sediciosas”. Pero ahí no se detuvo el problema.

La inconformidad estudiantil se extendió por toda la Argentina y más tarde por toda la América Latina, expresando la necesidad de que las comunidades universitarias se gobiernen autónomamente, por autoridades elegidas mediante la participación democrática de todos los estamentos que la conforman y no por designación amañada y arbitraria de los gobiernos de turno.

Aunque las demandas del Manifiesto de Córdoba distan mucho de realizarse en estos tiempos y en estas latitudes, el espíritu rebelde de una juventud que no languidece, periódicamente expresa su vigencia y su vitalidad en las tesoneras luchas libradas en todo el continente, por la defensa de la educación pública y por su autonomía; contra esos gobernantes que, de manera simultánea, pregonan afecto por la educación pública, mientras en secreto ordenan recortes presupuestales, favoreciendo con ello el negocio de las empresas universitarias privadas que se sustentan en el interés de lucro; que le instauran e imponen “rectores policías” y corruptos politiqueros, que se ensañan en criminalizar las protestas estudiantiles.

Obviamente no ha de faltar la controversia intelectual, propiciada por quienes desde una pretendida neutralidad, asumen teoréticamente que la Universidad es un “lugar aparte”, que no se rige por los prosaicos valores de la democracia participativa, y que la “autoridad epistemológica” es la que en ella debe gobernar, no las mayorías de estudiantes y docentes, capaces de hacer retroceder toda “razón comunicativa” y toda astuta formulación que quiera presentar a las directivas académicas y a los profesores, como los sectores más importantes y significativos de la vida universitaria, relegando a un segundo plano a las bases estudiantiles. Estos mismos “académicos”, no obstante, se autoproclaman defensores de los valores de la democracia y del “voto universal”.

Qué bueno retomar estos asuntos hoy, cuando se cierne sobre la Universidad pública colombiana, una crisis de enormes dimensiones que apunta al cierre definitivo provocado, ya no por el “vandalismo estudiantil”, como lo suelen señalar las “autoridades” universitarias y gubernamentales, sino causado por el dependentismo acrítico hacia los mandatos imperialistas, y por la profunda corrupción que caracteriza a los rectores y a gran parte del personal que administra estas “casas de estudio”.

La autonomía universitaria

Una coherente convergencia de múltiples sentimientos, intereses y opciones alrededor de la búsqueda de la verdad y de la acción, confrontando viejas estructuras de poder y hegemonía, se fue forjando a partir del siglo XII en la Europa medieval, llegando a constituir con el tiempo esa sólida empresa humana del conocimiento que se conoce con el nombre de Universidad.

Nacida en la Edad Media y bajo el feudalismo, la universidad es hoy un hecho universal incontrovertible, que lleva implícito -como se desprende de su propia etimología- el proyecto de “unidad en la diversidad”. Desde sus orígenes la universidad ha establecido una radical lucha por su autonomía espiritual, política y administrativa, contra la tenaz injerencia de los poderes estatales, políticos, religiosos o empresariales que han pretendido y pretende subordinar su trascendental misión comunitaria y pluralista, a los particulares intereses de castas, sectas y partidos.

Si bien es cierto las universidades surgieron como expresión espontánea de la sociedad y la cultura medievales, prontamente las organizaciones eclesiásticas y civiles de la época, en ejercicio de su propia autoridad, decidieron apoyar estas instituciones y/o fundar unas nuevas. No obstante, en términos generales, la responsabilidad organizativa y los principios administrativos, seguirían siendo potestativos de estas corporaciones integradas, fundamentalmente, por profesores y estudiantes.

En la medida en que las universidades se institucionalizaron, fueron estableciendo los criterios propios para su administración y gobierno, precisamente en torno a aquellos elementos que le garantizaban su cohesión y unidad en la diversidad, esto es, tras los intereses comunes de la racionalidad y del saber, persiguiendo los fines concretos y universales de la ciencia, la técnica, el humanismo, el arte y la cultura.

El nombramiento de sus autoridades, y particularmente de los rectores o regidores de estudios, no dependía de poderes extraños sino, con absoluta solvencia democrática, de la congregación general, o claustros, de maestros y estudiantes que los elegía, dentro de los mejores, académicamente hablando, para que éstos ejecutaran las decisiones colectivas.

Los detentadores del poder, en diversas épocas y latitudes, han querido manejar a su antojo estas casas de estudio, imponiéndoles artificiosas teorías      que   las     encadenen         a       concepciones     monológicas          y uniformadoras.         Pero,          desbordando      todas         esas fórmulas fundamentalistas y totalitarias, pervive el espíritu autonómico de las universidades; el pluralismo de opciones éticas, políticas, académicas y culturales que encarna la vida universitaria y que reclama de los poderes exteriores la no intromisión en sus asuntos, la no intervención direccionada en su quehacer, porque la universidad no está para cumplir tareas externas a ella misma, a pesar de su acendrada vocación de servicio y de esa serie de acciones y deberes que se ha fijado en beneficio de la sociedad y que desempeña desde los fundamentos de la tradición intelectual, y sustentándose en la acción comunicativa y en el libre debate de todas las ideas. Como lo planteara Weber, la universidad debe estar “al servicio de sus propios demonios”, es decir, la misión de la universidad es deberse ante todo a sí misma.

La acción política de las universidades debe entenderse como una tarea centrada en el conocimiento y en la crítica social, en la permanente actividad transformadora que ella irradia hacia el resto de la sociedad, y no como la supeditación acrítica y hasta irracional, a esos poderes establecidos por los confesionalismos, la politiquería, el clientelismo o el interés de lucro.

El radical pluralismo universitario demanda, no la subordinación a las razones de estado, a vagos intereses ideológicos o a propuestas de tipo empresarial, sino una total reorientación racional del mundo en que vivimos.

8   de junio: Día del Estudiante

La Universidad es el reflejo de la sociedad y la simulación universitaria, es el reflejo de la simulación reinante en la sociedad.

Rafael Gutiérrez Girardot

El proceso de adecuación y modernización capitalista que se inició en la América Latina en las primeras décadas del siglo xx, coincide con la aparición de los movimientos políticos de izquierda y con el surgimiento de expresiones de confrontación clasista, como las luchas del movimiento obrero, de las organizaciones campesinas e indígenas y del movimiento estudiantil.

Las primeras luchas estudiantiles en nuestro continente se dieron inicialmente en la República del Uruguay, luego en la Argentina, después se extenderían por todo el territorio americano. El manifiesto de La Juventud Argentina de Córdoba a los hombres libres de América del Sur, de 1918, puede ser considerado como el documento fundacional de las contiendas estudiantiles en la América Latina en el siglo xx. En él se establecen reclamos como el de la autonomía estudiantil, la libertad de cátedra y la educación laica y gratuita, se enfrentan los viejos conceptos de autoridad, la rutina escolar, la sumisión y la mediocridad de los docentes.

Esta juventud argentina de comienzos del pasado siglo proclama, con elevado idealismo, que “los dolores que quedan son las libertades que faltan”, enfrenta la “plácida ignorancia” y busca superar “la falsa dignidad y la falsa competencia” tanto del poder político, como de la administración universitaria.

En nuestro país, las primeras jornadas por la reforma universitaria y la organización estudiantil, se presentan hacia la década de los años veinte. En 1928 se reúne, precisamente en la ciudad de Ibagué, el III Congreso Nacional de Estudiantes que discutió temas como la autonomía, la libertad de cátedra, la equidad para las mujeres en el acceso a la educación, la revisión y abolición de los textos dogmáticos y se consolidó un programa pluralista para las luchas estudiantiles que iba “más allá de las aspiraciones de los partidos”.

El 8 de junio de 1929 se presentó una gran movilización estudiantil contra el clientelismo y el manzanillismo, que no sólo infectaba al ejecutivo, al legislativo, a las castas militares y al mundillo académico, sino a la supuesta majestad de una justicia bipartidista, que dejaba en la impunidad el genocidio de los obreros de las bananeras de la United Fruit Company, mientras se nombraba jefe de policía al responsable directo de la matanza. Un estudiante, Gonzalo Bravo Pérez, de segundo semestre de Derecho, caería muerto por las balas de la policía. Tal es el origen de esta fecha luctuosa que el estudiantado colombiano recuerda combativamente cada año.

Como si la juventud fuese un delito en Colombia, los estudiantes han continuado siendo las víctimas propiciatorias de todos los gobiernos subsiguientes. Bajo la dictadura del “golpe de opinión” de Rojas Pinilla, se dio una nueva masacre de estudiantes durante los días 8 y 9 de junio de 1954, cuando se conmemoraba un aniversario más de los fatídicos hechos de 1929. Entonces ofrendaron sus vidas 13 jóvenes entre quienes se encontraba el estudiante de la Universidad Nacional, Uriel Gutiérrez, símbolo hoy de las luchas universitarias.

No se debilitaría el movimiento estudiantil bajo ese régimen cerrado de alianza bipartidista y permanente estado de sitio, que caracterizó al llamado Frente Nacional; su cuota de martirio sería brutalmente ampliada en esta nefanda etapa de la historia nacional.

La década de los 70 marcaría la radicalización de las luchas estudiantiles en Colombia, bajo el influjo del movimiento de mayo del 68 en Francia y otros países europeos. También en 1968, en México, se realizarían memorables jornadas a favor de la libertad y de la democracia estudiantil, las que dejaron su impronta de sangre y muerte en la Plaza de las tres culturas o Plaza de Tlatelolco.

Después, durante la década de los 80, en los convulsionados 90 y durante estas primeras décadas perdidas del unipolar siglo XXI, hemos visto cómo por distintos senderos se encaminan los sueños y las utopías estudiantiles, a pesar de los impedimentos coercitivos e ideológicos que los poderes estatales, a izquierda y a derecha, les imponen.

La vida de consumo, la drogadicción, los medios masivos de incomunicación y alienación, la promoción del sexo fácil (asumido como el simple choque de los genitales, dentro de la más burda negación del afecto y del amor), el deporte reducido a la triste condición de espectáculos para anónimos encuentros de descarga colectiva de angustia y de neurosis, el arte y la cultura sustituidos por la farándula y los realities shows, y muchos otros distractores consumistas y compensatorios a los intereses de emancipación, no han logrado frenar la tenaz expresión de inconformidad y rebeldía estudiantil que, en el mundo entero, se muestra portadora de gran vitalidad y creatividad, contra todo tipo de autoritarismo y opresión, buscando arrancar la educación de manos de los estafetas de las oligarquías.

A todos esos simuladores del saber y la cultura, a los sacamicas y lacayos organizados en torno a las corruptas administraciones universitarias, a los autoritarios y bobilocos profesores que desde sus cátedras y textos citan y “superan” con supuesta propiedad a los grandes pensadores, como Nietzsche o a Marx, sin siquiera haber leído las solapas de sus libros, a todos esos personajes oscuros que regentan las universidades y que han sustituido la autonomía intelectual, por la más vergonzosa subalternidad, queremos advertirles que grito de Córdoba aún se escucha y que continúa convocando a las juventudes latinoamericanas a enfrentar la barbarie de los poderes establecidos.    

Anexo

La Juventud argentina de Córdoba a los hombres libres de Sudamérica

[Manifiesto de Córdoba] 21 de junio de 1918

Hombres de una República libre, acabamos de romper la última cadena que, en pleno siglo XX, nos ataba a la antigua dominación monárquica y monástica. Hemos resuelto llamar a todas las cosas por el nombre que tienen. Córdoba se redime. Desde hoy contamos para el país una vergüenza menos y una libertad más. Los dolores que quedan son las libertades que faltan. Creemos no equivocarnos, las resonancias del corazón nos lo advierten: estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana.

La rebeldía estalla ahora en Córdoba y es violenta porque aquí los tiranos se habían ensoberbecido y era necesario borrar para siempre el recuerdo de los contrarrevolucionarios de Mayo. Las universidades han sido hasta aquí el refugio secular de los mediocres, la renta de los ignorantes, la hospitalización segura de los inválidos y -lo que es peor aún- el lugar donde todas las formas de tiranizar y de insensibilizar hallaron la cátedra que las dictara. Las universidades han llegado a ser así fiel reflejo de estas sociedades decadentes que se empeñan en ofrecer el triste espectáculo de una inmovilidad senil. Por eso es que la ciencia frente a estas casas mudas y cerradas, pasa silenciosa o entra mutilada y grotesca al servicio burocrático. Cuando en un rapto fugaz abre sus puertas a los altos espíritus es para arrepentirse luego y hacerles imposible la vida en su recinto. Por eso es que, dentro de semejante régimen, las fuerzas naturales llevan a mediocrizar la enseñanza, y el ensanchamiento vital de organismos universitarios no es el fruto del desarrollo orgánico, sino el aliento de la periodicidad revolucionaria.

Nuestro régimen universitario -aún el más reciente- es anacrónico. Está fundado sobre una especie de derecho divino; el derecho divino del profesorado universitario. Se crea a sí mismo. En él nace y en él muere. Mantiene un alejamiento olímpico. La federación universitaria de Córdoba se alza para luchar contra este régimen y entiende que en ello le va la vida. Reclama un gobierno estrictamente democrático y sostiene que el demos universitario, la soberanía, el derecho a darse el gobierno propio radica principalmente en los estudiantes. El concepto de autoridad que corresponde y acompaña a un director o a un maestro en un hogar de estudiantes universitarios no puede apoyarse en la fuerza de disciplinas extrañas a la substancia misma de los estudios. La autoridad, en un hogar de estudiantes, no se ejercita mandando, sino sugiriendo y amando: enseñando.

Si no existe una vinculación espiritual entre el que enseña y el que aprende, toda enseñanza es hostil y por consiguiente infecunda. Toda la educación es una larga obra de amor a los que aprenden. Fundar la garantía de una paz fecunda en el artículo conminatorio de un reglamento o de un estatuto es, en todo caso, amparar un régimen cuartelario, pero no una labor de ciencia. Mantener la actual relación de gobernantes a gobernados es agitar el fermento de futuros trastornos. Las almas de los jóvenes deben ser movidas por fuerzas espirituales. Los gastados resortes de la autoridad que emana de la fuerza no se avienen con lo que reclaman el sentimiento y el concepto moderno de las universidades. El chasquido del látigo sólo puede rubricar el silencio de los inconscientes o de los cobardes. La única actitud silenciosa, que cabe en un instituto de ciencia es la del que escucha una verdad o la del que experimenta para crearla o comprobarla.

Por eso queremos arrancar de raíz en el organismo universitario el arcaico y bárbaro concepto de autoridad que en estas casas de estudio es un baluarte de absurda tiranía y sólo sirve para proteger criminalmente la falsa dignidad y la falsa competencia. Ahora advertimos que la reciente reforma, sinceramente liberal, aportada a la Universidad de Córdoba por el doctor José Nicolás Matienzo no ha inaugurado una democracia universitaria; ha sancionado el predominio de una casta de profesores. Los intereses creados en torno de los mediocres han encontrado en ella un inesperado apoyo. Se nos acusa ahora de insurrectos en nombre de un orden que no discutimos, pero que nada tiene que hacer con nosotros. Si ello es así, si en nombre del orden se nos quiere seguir burlando y embruteciendo, proclamamos bien alto el derecho a la insurrección. Entonces la única puerta que nos queda abierta a la esperanza es el destino heroico de la juventud. El sacrificio es nuestro mejor estímulo; la redención espiritual de las juventudes americanas nuestra única recompensa, pues sabemos que nuestras verdades lo son -y dolorosas- de todo el continente. ¿Que en nuestro país una ley -se dice-, la ley de Avellaneda, se opone a nuestros anhelos? Pues a reformar la ley, que nuestra salud moral lo está exigiendo.

La juventud vive siempre en trance de heroísmo. Es desinteresada, es pura. No ha tenido tiempo aún de contaminarse. No se equivoca nunca en la elección de sus propios maestros. Ante los jóvenes no se hace mérito adulando o comprando. Hay que dejar que ellos mismos elijan sus maestros y directores, seguros de que el acierto ha de coronar sus determinaciones. En adelante, sólo podrán ser maestros en la república universitaria los verdaderos constructores de almas, los creadores de verdad, de belleza y de bien.

Los sucesos acaecidos recientemente en la Universidad de Córdoba, con motivo de la elección rectoral, aclaran singularmente nuestra razón en la manera de apreciar el conflicto universitario. La federación universitaria de Córdoba cree que debe hacer conocer al país y a América las circunstancias de orden moral y jurídico que invalidan el acto electoral verificado el 15 de junio. Al confesar los ideales y principios que mueven a la juventud en esta hora única de su vida, quiere referir los aspectos locales del conflicto y levantar bien alta la llama que está quemando el viejo reducto de la opresión clerical. En la Universidad Nacional de Córdoba y en esta ciudad no se han presenciado desórdenes; se ha contemplado y se contempla el nacimiento de una verdadera revolución que ha de agrupar bien pronto bajo su bandera a todos los hombres libres del continente. Referiremos los sucesos para que se vea cuánta razón nos asistía y cuánta vergüenza nos sacó a la cara la cobardía y la perfidia de los reaccionarios. Los actos de violencia, de los cuales nos responsabilizamos íntegramente, se cumplían como en el ejercicio de puras ideas. Volteamos lo que representaba un alzamiento anacrónico y lo hicimos para poder levantar siquiera el corazón sobre esas ruinas. Aquéllos representan también la medida de nuestra indignación en presencia de la miseria moral, de la simulación y del engaño artero que pretendía filtrarse con las apariencias de la legalidad. El sentido moral estaba obscurecido en las clases dirigentes por un fariseísmo tradicional y por una pavorosa indigencia de ideales.

El espectáculo que ofrecía la asamblea universitaria era repugnante. Grupos de amorales deseosos de captarse la buena voluntad del futuro rector exploraban los contornos en el primer escrutinio, para inclinarse luego al bando que parecía asegurar el triunfo, sin recordar la adhesión públicamente empeñada, el compromiso de honor contraído por los intereses de la universidad. Otros -los más- en nombre del sentimiento religioso y bajo la advocación de la Compañía de Jesús, exhortaban a la traición y al pronunciamiento subalterno. (¡Curiosa religión que enseña a menospreciar el honor y deprimir la personalidad! ¡Religión para vencidos o para esclavos!). Se había obtenido una reforma liberal mediante el sacrificio heroico de una juventud. Se creía haber conquistado una garantía y de la garantía se apoderaban los únicos enemigos de la reforma. En la sombra los jesuitas habían preparado el triunfo de una profunda inmoralidad. Consentirla habría comportado otra traición. A la burla respondimos con la revolución. La mayoría representaba la suma de la represión, de la ignorancia y del vicio. Entonces dimos la única lección que cumplía y, espantamos para siempre la amenaza del dominio clerical.

La sanción moral es nuestra. El derecho también. Aquéllos pudieron obtener la sanción jurídica, empotrarse en la ley. No se lo permitimos.

Antes de que la iniquidad fuera un acto jurídico, irrevocable y completo, nos apoderamos del salón de actos y arrojamos a la canalla, sólo entonces amedrentada, a la vera de los claustros. Que esto es cierto, lo patentiza el hecho de haber, a continuación, sesionado en el propio salón de actos la federación universitaria y de haber firmado mil estudiantes sobre el mismo pupitre rectoral, la declaración de huelga indefinida.

En efecto, los estatutos reformados disponen que la elección de rector terminará en una sola sesión, proclamándose inmediatamente el resultado, previa lectura de cada una de las boletas y aprobación del acta respectiva. Afirmamos, sin temor de ser rectificados, que las boletas no fueron leídas, que el acta no fue aprobada, que el rector no fue proclamado, y que, por consiguiente, para la ley, aún no existe rector de esta universidad.

La juventud universitaria de Córdoba afirma que jamás hizo cuestión de nombres ni de empleos. Se levantó contra un régimen administrativo, contra un método docente, contra un concepto de autoridad. Las funciones públicas se ejercitaban en beneficio de determinadas camarillas. No se reformaban ni planes ni reglamentos por temor de que alguien en los cambios pudiera perder su empleo. La consigna de «hoy para ti, mañana para mí», corría de boca en boca y asumía la preeminencia de estatuto universitario. Los métodos docentes estaban viciados de un estrecho dogmatismo, contribuyendo a mantener a la universidad apartada de la ciencia y de las disciplinas modernas. Las elecciones, encerradas en la repetición interminable de viejos textos, amparaban el espíritu de rutina y de sumisión. Los cuerpos universitarios, celosos guardianes de los dogmas, trataban de mantener en clausura a la juventud, creyendo que la conspiración del silencio puede ser ejercitada en contra de la ciencia. Fue entonces cuando la oscura universidad mediterránea cerró sus puertas a Ferri, a Ferrero, a Palacios y a otros, ante el temor de que fuera perturbada su plácida ignorancia. Hicimos entonces una santa revolución y el régimen cayó a nuestros golpes.

Creímos honradamente que nuestro esfuerzo había creado algo nuevo, que por lo menos la elevación de nuestros ideales merecía algún respeto. Asombrados, contemplamos entonces cómo se coaligaban para arrebatar nuestra conquista los más crudos reaccionarios.

No podemos dejar librada nuestra suerte a la tiranía de una secta religiosa, ni al juego de intereses egoístas. A ellos se nos quiere sacrificar. El que se titula rector de la Universidad de San Carlos ha dicho su primera palabra: «Prefiero antes de renunciar que quede el tendal de cadáveres de los estudiantes». Palabras llenas de piedad y de amor, de respeto reverencioso a la disciplina; palabras dignas del jefe de una casa de altos estudios. No invoca ideales ni propósitos de acción cultural. Se siente custodiado por la fuerza y se alza soberbio y amenazador. ¡Armoniosa lección que acaba de dar a la juventud el primer ciudadano de una democracia universitaria! Recojamos la lección, compañeros de toda América; acaso tenga el sentido de un presagio glorioso, la virtud de un llamamiento a la lucha suprema por la libertad; ella nos muestra el verdadero carácter de la autoridad universitaria, tiránica y obcecada, que ve en cada petición un agravio y en cada pensamiento una semilla de rebelión.

La juventud ya no pide. Exige que se le reconozca el derecho a exteriorizar ese pensamiento propio en los cuerpos universitarios por medio de sus representantes. Está cansada de sosportar a los tiranos. Si ha sido capaz de realizar una revolución en las conciencias, no puede desconocérsele la capacidad de intervenir en el gobierno de su propia casa.

La juventud universitaria de Córdoba, por intermedio de su federación, saluda a los compañeros de América toda y les incita a colaborar en la obra de libertad que inicia.

Enrique F. Barros, Horacio Valdés, Ismael C. Bordabehere, presidentes – Gumersindo Sayago – Alfredo Castellanos – Luis M. Méndez – Jorge L. Bazante – Ceferino Garzón Maceda – Julio Molina – Carlos Suárez Pinto – Emilio R. Biagosh – Angel J. Nigro – Natalio J. Saibene – Antonio Medina Allende – Ernesto Garzón.

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