OPINIÓN

Democracia asaltada

Por Fernando Enríquez

“La utopía es la distancia entre una racionalidad dominante, gastada y castrante, y una racionalidad previsible, que posibilita un pensamiento y una acción más ricos, más comprensivos o gratificantes. Esta distancia entre la racionalidad dominante y la racionalidad posible es la imaginación.”

Darío Botero Uribe, El derecho a la utopía

La construcción de la democracia en el país parece ser un camino utópico. Existe un sector conformado por una elite descompuesta, que a pesar de su desgaste político, no escatima esfuerzos por prolongarse en el poder a costa de cualquier acción que así se lo permita, ya sea por medio de la fuerza o por el uso de artilugios jurídicos y legales y así consolidar una dictadura en la que los poderes públicos estén a su favor. Por otro lado, existe una amalgama de posturas que están en defensa de posibilidades democráticas a pesar que sus intereses sean también diversos.

Colombia se ha convertido en un país tan sui generis, que su mayor logro histórico  será conseguir por primera vez, en más de medio siglo, unas mínimas condiciones democráticas, debido a que la nación ha llegado a un paraje en que su democracia no funciona como debería serlo, la existencia de una mencionada tradición democrática no es más que un mito sobre el cual han proliferado discursos de elite, para justificar su mantenimiento en las esferas de poder y asumir una defensa institucional de algo que carece de ser democrático,  y al contrario es una creación jurídico-política que ha  beneficiado a una casta que hoy ve con cierta amenaza su comodidad.

Afirmar que en Colombia no existe una cultura democrática es acertado, por la ausencia de unos principios económicos, políticos, éticos y algunas normas básicas de representatividad; pretender que la mera presencia electoral de un pueblo ya es la democracia, es una noción bárbara y hasta nihilista, por lo tanto no sirve para indicar que la democracia está constituida como un sistema de vida. La democracia no es una cuestión aritmética donde la sumatoria de votos es la que la definen. De ahí la  importancia de pasar de esa noción vulgar, a una donde sea permitida una participación responsable del pueblo, que esté orientada a la defensa de sus propios intereses evidenciados en la estructuración de la vida social, es decir, buscar la armonización de fines y medios que permitan la conquista del buen vivir, participación en tareas de conducción y tejer escenarios para toda la generación que está haciendo el tránsito de la guerra a la paz y que esta sea asegurada para las generaciones futuras.

Siendo así las cosas, no hay democracia solo con la mera presencia de masa electoral y una lógica de mayorías votantes que están en función de amparar a minorías privilegiadas, en ese panorama la lucha por que el poder no sea contenido en esas minorías tiene un valor histórico, ético y político en el que ninguno que crea en la posibilidad de mejorar el país debe abandonar.

Esta semana tuvimos que enfrentar una amenaza latente proveniente de la extrema derecha, en la que sus congresistas adeptos, presentaron un proyecto de acto legislativo que sugiere socavar aún más la ya deteriorada y erosionada democracia y participación electoral en el país. En el mencionado acto legislativo se proponían extender el periodo presidencial y del congreso por dos años más, para empatarlos con las elecciones de carácter regional.

Si bien el tema electoral no es la panacea de la democracia, en estos momentos si representa la ruta movilizadora de quienes aspiramos a que un cambio histórico en el manejo del Estado sea posible, y es ahí donde debe cobrar fuerza nuestra capacidad creativa e imaginativa para transitar ese camino utópico que sugiere Botero. Ha llegado el momento en el que un pueblo que ha sido mancillado despierte de ese letargo y asuma las riendas de su propia historia. Lo sucedido en esta semana es la muestra de la fragilidad democrática y la crisis política de un gobierno que no sabe qué clase de recursos usar para no decaer, más de lo que en este momento se encuentra. Ese poder se halla herido de muerte y es necesario que la unidad se  vuelva el arma que dará la primera estocada para que en este país la posibilidad de vivir en democracia y en paz sea una realidad. Como lo decíamos en nuestras joviales conversaciones, tenemos el derecho a construir una patria del tamaño de nuestros sueños, hacer una oda a eso que Pellegrini llamó en los días de algun mayo, la imaginación al poder.

  • Nació en Ipiales, Nariño. Activista político que se ha destacado en el departamento por sus vínculos en diversas organizaciones sociales, políticas, agrarias y como gestor de paz.
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